-No duermas –le susurró al oído mientras acariciaba sus
cabellos –quiero que sueñes mientras estas despierta.
Ella giró su cabeza para mirarlo, quedando así en su regazo.
-No tienes que hacer nada, -le dijo en un aliento –son mis
pesadillas, yo tengo que lidiar con ellas.
-Pero tú eres mía, y no te voy a dejar sola nunca. –Hizo una
pausa –Y tampoco quiero que me veas como el monstro que te atormenta.
Los parpados de la chica empezaron a cerrarse de nuevo. La
envolvió en las sabanas, la tomó en sus brazos, besó su frente, caminó hasta la
azotea y la acostó allí.
Ella abrió los ojos una vez más.
-Quiero que sueñes conmigo y estas estrellas –le dijo con su
rostro muy cerca al de ella.
-Solo si tú sueñas conmigo.
Buscó a tientas el delicado cuerpo de la chica sin éxito,
abrió los ojos y la vio subiendo en la cornisa con un suave castañeo de
dientes.
-¡Isabell! –gritó tan duro como pudo mientras corría hasta
donde ella, pero sin importar que tan duro gritase, ella seguía sin oírlo.
Isabell dejó uno de sus pies al aire y empezó a apoyarse en él,
hasta que finalmente su cuerpo se desequilibró, sus brazos se alzaron, su delicada
bata tomó forma de paraguas protegiendo su delicado cuerpo del aire mientras
sus valientes pies esperaban un último contacto.
Casi se lanza al vacío, donde ella se encontraba ahora, solo
por tenerla para siempre aunque fuese en la nada. Tomó su muñeca, deseosa de
libertad, con todas las fuerzas de las que era capaz.
Finalmente abrió sus ojos y lo miró.
-¡oh! Buenos días cariño.
-Isabella, ¿Por qué me dejas?
-Este era mi sueño amor, la pesadilla es que en realidad
quiero caer.
Su mano sujetó su muñeca aún más fuerte.
-Suéltame cariño, debes dejarme ir.
-Iré contigo, caeré contigo, no voy a dejarte nunca
¿recuerdas? Ni siquiera en la muerte.
Isabella dejó sus ojos en los de él dándole una orden, la más
terrible que el podía conceder. No quería, no quería ¡No lo haría!
-Jamás te amé.
Sus miradas se hicieron más intensas, reafirmando con ellas
la orden de Isabell a medida que los ojos de él fueron empañándose hasta que
gotas saladas salieron de ellos, y a medida que lo hacían sus manos perdieron
fuerza.
Isabell parecía danzar con la brisa. No, la brisa era quien danzaba
con Isabell, la disfrutaba tanto como él la anhelaba.
Pero Isabell jamás llegó al piso, ella murió en el aire feliz,
porque la Isabell que yacía en la calle, esa que con su belleza y sangre había
parado el tráfico y atraído cientos de miradas, no era nadie porque su Isabell jamás
lo habría dejado arrodillado en una azotea llorando su muerte.

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